El alambique y el agave

“[…] después de un minucioso estudio de los aparatos destilatorios mas modernos y de los sistemas de destilación más o menos imperfectos y dispendiosos, empleados en nuestras fábricas de aguardientes, he logrado construir un nuevo aparato de destilación continua, que permite en una sola operación obtener aguardientes a los grados de concentración que se requieran. Así como, un aparato rectificador, para la producción de aguardientes de buen gusto, en el cual se separan los éteres y los aceites esenciales.”

(José Martínez de Castro, “Solicitud de privilegio por dos aparatos de su invención para la fabricación de aguardiente”, Archivo General de la Nación, Grupo Documental Patentes y Marcas, vol. 18, exp. 956, f. 1 f.)

La imagen que identifica al VI Congreso de Historiadores de las Ciencias y las Humanidades, es una composición elaborada con base en dos elementos que son esenciales para entender la importancia del tequila como una de las principales actividades agroindustriales de Jalisco: el agave, expresión de la naturaleza, junto a un alambique, símbolo del conocimiento científico-técnico que ha intervenido en su transformación.

Un momento paradigmático en la producción tequilera, ocurrió desde las dos últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX. A la par de una significativa ampliación de los horizontes comerciales de esta bebida, incentivados por el desarrollo de las comunicaciones y una participación constante de los empresarios en certámenes de distinta índole, como las exposiciones universales, se dio también un silencioso proceso de transformación de los procesos productivos, que implicó la participación cada vez más activa de los científicos y técnicos locales. De 1881 hasta 1914, obtuvieron el privilegio de patente de parte del gobierno federal de México, por invención o mejora, al menos 25 solicitudes relacionadas con la producción de esta bebida destilada.

Esa actividad implicó a varios ingenieros, como a Francisco L. Corcuera, Carlos F. de Landero, Raúl Prieto, Gabriel Castaños, Guadalupe López de Lara o Francisco Labastida Izquierdo; pero también a algunos farmacéuticos, como fue el caso de José Martínez de Castro, quien fue uno de los primeros en obtener el privilegio (1882) para explotar un alambique que desarrolló y puso en funcionamiento, en atención a requerimientos particulares de la materia prima empleada en la producción del tequila, que no era posible solventar con los aparatos importados. Dicho por Martínez de Castro, el aparato de su invención, estaba dotado para recibir “un torrente circulatorio de gran diámetro” que facilitaba “el paso de los vinos fermentados, y principalmente de aquellos que, como los fermentos del maguey, ofrecen gran dificultad para su elaboración, por la gran cantidad de pulpa” que contenían.

Uno de los dibujos que presentó Martínez de Castro, en su solicitud ante el Ministerio de Fomento, sirvió de base en la composición de la imagen de nuestro Congreso en Guadalajara, como un tributo a la tarea inventiva que desarrolló la comunidad de científicos y técnicos en la transición del siglo XIX al XX.